Escribo esto, mi primer post de la nueva experiencia gordonautil, sentado en un sillón comodísimo, en zapatillas de ir por casa, tomando buen café con bombones después de una abundante y deliciosa comida, recién vista “The Artist” en una pantalla que para nada parece de tablet de saldo. Con sólo pulsar un botón me traen la bebida que quiera (Champagne, Porto, Whisky de 12 años), me van a despertar, cuando acabe de dormir en el sillón que voy a poner completamente horizontal, para servirme un desayuno caliente de los que me gustan (huevos revueltos, champiñones, yogur, tostadas...). Y sí, habéis acertado: estoy viajando en Business en un vuelo de largo recorrido, lo que equivale a tener todas las comodidades posibles, especialmente para un Gordonauta, como es el caso. Lo del neceser completo (hasta con barra de cacao para los labios), los calcetines con suela y las zapatillas de ir por casa, el regalito de una casa típica holandesa en miniatura, o la comida y bebida son lo de menos: aquí lo que importa de verdad –que para algo la gente paga 4000 euros por ello- es el asiento: un butacón reclinable al 100% -horizontalidad completa- en el que está cómoda una persona de 1,94 y peso suficiente para llamarse a sí misma Gordonauta. En la foto veréis el cuadro de mandos, y sí, lo que aparece en la zona lumbar es un simbolito de masaje. Por supuesto que ayudan las luces individuales y regulables, tener un buen cojín y una buena manta, pero lo increíble es lo cómodos y ajustables que resultan los asientos. Las 11 horas del viaje se me hicieron cortas. Y no, no es ninguna broma, y sí, soy el mismo que estuvo de pie 9 horas en un 747 hasta San Francisco, el mismo que escribió este post sobre un insufrible París-Osaka, el mismo al que un Frankfurt-Valencia le parece largo por lo incómodo de los asientos. ¿Cómo decís? ¿Que por qué? Pues porque me ligué al chico del desk de KLM, le hice un strip-tease en los baños y después le enseñé mi colección de fotos de Brad Pitt en el rodaje de Troya, que siempre llevo encima. Nunca falla.
Y ahora, después de las risas (tenéis razón: no llevo fotos de Troya, sólo de Seven, en Troya se pasó el estilista y Brad Pitt tiene una retirada a Marisol) la versión oficial.
La cosa empieza con un avión que parece un autobús en el que nadie habla castellano y no digamos ya valenciano –cosa que deberían, dado que es un vuelo que sale desde Manises. Un autobús hortera y setentero, estrecho, en el que la gente discute por el espacio del equipaje –no hay suficiente-, huele mal, hay restos de comida y sale con una hora larga de retraso. Esa, básicamente, es mi opinión de Transavia, compañía con la que no sé cómo KLM se asocia.
Ese avión, que debía aterrizar a las 12:30 en Schipol, lo hace finalmente a las 13:49, a lo que hay que sumar una espera de unos minutos más para tener un finger disponible. Lo gracioso es que el vuelo a Osaka empezaba a embarcar a las 13:10, para salir a las 14:30. Poco tiempo, pero no imposible... a no ser que estés en un aeropuerto mastodóntico, como es el caso. Así que ya me veis corriendo –mi barriga unos cuantos y oscilantes metros por delante mío; la trolley unos cuantos y accidentados metros por detrás- por todo Schipol, descifrando los paneles de Connecting flights desde cien metros para no pararme, apartando adorable abuelitas holandesas a codazo limpio de las cintas transportadoras (como un Carmaggedon aeroportuario), esquivando niños y carritos con triple saltos mortales de mi trolley. Hasta que veo, a lo lejos, cómo en letras rojas pone el temido “Gates closing” en la puerta 24. Son las 14:07 y pego un último sprint, para llegar justo al final de la cola un minuto después, sudando y resoplando como... sí, todos queréis que lo diga, Hurley en Lost. No sé qué tenemos los gordos corriendo por los aeropuertos que todos os descojonáis, mira.
Y os preguntaréis, ¿cómo se pasa de casi perder un vuelo a volar en Business? Pues estando a punto de haber realizado la proeza y que no valiese para nada. Es un instante parecido al de cuando te enfrentabas al monstruo final del videojuego, pero de los de antes, cuando no se podía grabar la partida ni nada de eso: te lo jugabas todo –que podían haber sido varias horas ininterrumpidas, sin beber, comer, ir al baño ni pestañear- en unos segundos. Tensión máxima. Llegué, y la máquina dijo que no. Vaya, el conocido “Computer says: noooo” (si no lo habéis pillado, estáis tardando YA en descargaros / comprar Little Britain. Y más los que fardáis de que os gusta Monthy Python). ¿Y cómo cojones engañas a un ordenador que te dice que no puedes volar? Que se lo pregunten a alguien inteligente, como Kasparov... Oh wait! En definitiva, sólo hay una cosa que pueda contra un Computer says no: “Lo que diga la rubia”. Y la rubia (cosa que no tiene mucho mérito estando en Holanda), en este caso, dijo que el Gordonauta con camisa a rodales que tenía delante iba a volar en primera clase ‘Cause you made it! Yeah! Y ahora os imagináis un “Yeah!” a lo Howard Dean.
Bueno, os lo descifro: el ordenador no me dejaba volar porque consideraba imposible que hubiese podido hacer el transbordo. Hice en 9 minutos lo que se supone que una persona normal hace en 40-50, apretando mucho –MUCHO- en media hora. Mi vuelo aterrizó mucho después de que se abrieran las puertas de embarque, y el sistema decidió que, by default, había perdido la conexión. Pero ahí estaba mi esencia gordonautil –no podía esperar un día más a comer ramen- para propulsarme, y las chicas de KLM –amables y comprensivas como pocas veces me he encontrado en un aeropuerto-, que vieron que no sólo había hecho lo imposible por llegar sino que además había pagado un extra de 120 euros para ir un poco menos apretado, le dijeron al ordenador que sí, que yo volaba (me dijeron literalmente que “You are going to fly today, if we have to push you into the plane we will, don’t worry!”), y que además lo hacía en Business. Agradecido, les pregunté cómo se decía gracias en holandés, y se lo repetí a todas unas cuantas veces, con mi mejor sonrisa.
Mi maleta, eso sí, iba camino de Seúl, para llegar hoy (en unas horas) a Osaka, en el vuelo que también me ofrecieron si quería viajar junto con mi equipaje. Dado que soy previsor y todo lo importante lo llevo conmigo, preferí volar el mismo día. Y no me digáis que no acerté, ¿eh?
La postdata de todo este asunto es casi mejor. En Osaka, un aeropuerto sencillo para el tráfico que tiene, diáfano y asombroso, una amable japonesa me esperaba con un cartel y mil disculpas por el incidente. Amablemente, llamó ella a la agencia de mi casa para hablar de horarios para recibir la maleta, confirmar la dirección y arreglarlo todo. Los papeles los rellenó ella y me dio toda la información posible por si había algún problema. ¿Os suena de algo? A mi tampoco.

La caballa marinada estaba buenísima, pero OJO: en un avión, con vajilla de porcelana y cubiertos muy historiados (se me olvidó la foto). El vino, un Sauvignon Blanc -no recuerdo el nombre- de Australia

Vista general de la pequeña zona de Business Class, sin niños. SIN NIÑOS.
Los pies, como veis, me caben perfectamente. De hecho, no toco, completamente estirado, el siguiente asiento.
El asiento en cuestión. Quizás así no os dice mucho, pero yo iba MUY cómodo, y NADA apretado. Siento no haber hecho foto completamente tumbado. A la próxima ;-)
El mando del asiento. Combinaciones infinitas...
PS: sirva este post como agradecimiento –aunque nunca lo sepan- a las empleadas de KLM que me solucionaron el problema y consiguieron que 11 horas se me pasasen en un suspiro. Y no, esto no tiene nada que ver con la campaña “pro-KLM” que hice en algunos de mis últimos posts; eso fue a cuenta de @KLM_ES y un posible viaje de prueba de Economy Comfort para un gordonauta a precio de turista. Ahora que he probado la clase Business World de KLM para viajar a Japón, no quiero nada más, así que bueno, un billete igual de vuelta por este post laudatorio no estaría mal, ¿no?
PS2: Clickad en los links, malditos, que han costado un rato de poner.